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miércoles, 17 de julio de 2013

Cuento "El gusanito"

 Les dejo el video del cuento narrado por Adriana.




 

Fuente: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=JJ8pgfYCWoI




Y acá les dejo el cuento escrito para que lo  aprendan lo narren y lo dramaticen con sus alumnos, es corto y divertido. 




Además hice mi títere de dedo, animate y hace el tuyo para acompañar al cuento.


martes, 16 de julio de 2013

miércoles, 10 de julio de 2013

El vendedor de gorras

http://www.ateneodelainfancia.org.ar/uploads/big/el_vendedor_de_gorras.jpg


Había una vez un vendedor de gorras. Vendía gorras verdes, marrones, azules y rojas.
¡Y las llevaba sobre la cabeza! Primero se ponía su propia gorra rayada; encima de ésta, apilaba las cinco gorras verdes; después, las cinco marrones; más arriba, las cinco azules y arriba de todo, las cinco gorras rojas.
Un día, el vendedor se sintió cansado y triste porque no había vendido ni siquiera una gorra: ni una verde, ni una marrón, ni una azul, ni una roja. Entonces, abandonó el pueblo en donde nadie necesitaba sus gorras y caminó y caminó hasta que llegó al campo. Allí encontró un gran árbol y se sentó a la sombra. Se sacó las gorras y las contó. Las tenía todas: la suya, rayada; las verdes, las marrones, las azules y las rojas. Pero como no había vendido ninguna, no tenía dinero para comprar comida.
Paciencia -pensó, mientras volvía a ponérselas-. Venderé alguna esta tarde. -Y se quedó dormido. Se despertó sintiéndose mucho mejor y enseguida levantó un brazo para tocar la pila de gorras. ¡Pero sólo le quedaba una! ¡Sólo su gorra rayada! Se levantó de un salto y empezó a buscarlas. Pero no aparecía ni una gorra verde, ni una marrón, ni una azul, ni una roja... Miró entonces hacia la copa del árbol... ¡y allí estaban todas sus gorras! ¡Cada una puesta en la cabeza de un mono!
-¡Monos ladrones! -gritó el vendedor.
-¡Devuélvanme mis gorras! Los monos no le contestaron nada.
-¡Eh! ¿Me oyen? ¡Devuélvanme mis gorras! –gritó entonces el vendedor, amenazándolos con el puño.
Los monos le mostraron entonces sus puños, pero no le devolvieron las gorras. Enojado, el vendedor pegó una patada en el suelo y exclamó:
-¡No me hagan burla, monos feos!
Todos los monos pegaron una patada sobre las ramas y le dieron la espalda. Desesperado, el vendedor se quitó entonces su gorra rayada y la arrojó sobre el suelo mientras les decía: -¡Aquí tienen otra más, ladrones! Ya se marchaba cuando vio que los monitos se sacaban las gorras y las tiraban al suelo, tal como él había hecho. En un segundo, todas sus gorras estaban sobre el pasto.
Entonces el vendedor se apuró a recogerlas y a colocarlas otra vez sobre su cabeza: primero, se puso la gorra rayada; encima de ésta, las verdes; después, las marrones; más arriba, las azules y, arriba de todo, las rojas.
Y silbando contento se puso en marcha rumbo a otro pueblo, para venderlas y poder comprar su comida.

Adaptación de Elsa Bornemann


martes, 9 de julio de 2013

La importancia de los cuentos en el Nivel Inicial

Los cuentos en el Nivel Inicial son muy importantes, ya que le permiten al niño mejorar su lenguaje, aprender nuevos conceptos, desarrollar su imaginación, enriquecer su vocabulario y además les provocan placer al escucharlos. Es necesario acompañar el cuento con cambio de voces, expresiones, para hacerlo más interesante y atractivo. Los cuentos narrados, que no están acompañados de imágenes, son mejores aún ya que le permiten al niño imaginar por si mismo.
¡En este blog encontrarán algunos cuentos, espero les gusten!

Cuello duro




 http://udlerlorena.files.wordpress.com/2013/05/jirafa-y-abeja.jpg


- ¡Aaay! ¡No puedo mover el cuello! Gritó de repente la jirafa Caledonia.
Y era cierto: no podía moverlo ni para un costado ni para el otro, ni para arriba ni para abajo. Caledonia se puso a llorar. Sus lágrimas cayeron en una flor. Sobre la flor estaba sentada una abejita.
-¡Llueve!- dijo la abejita. Y miró hacia arriba. Entonces vio a la jirafa.
- ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás llorando?
- ¡Buuua! ¡No puedo mover el cuello!
- Quédate tranquila. Iré a buscar a la doctora doña vaca.
Y la abejita salió volando hacia el consultorio de la vaca.
Al llegar al consultorio, la abejita se le paró en la oreja y – BSS...BSS...BSS...- Le contó lo que le pasaba a la jirafa.
-¡Enseguida voy a curarla!- dijo la vaca.
Al ver a la jirafa dijo doña vaca- ¡Hay que darle masajes! – Pero yo sola no puedo. Necesito ayuda, su cuello es muuuy largo.
Entonces llamó al burrito.
Burrito se subió en 2 patas arriba de la vaca.
Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear.
-Nosotros 2 solos no podemos- dijo la vaca.
Entonces, el burrito llamó al perro. El perro enseguida se subió en 2 patas arriba de burrito.
Pero todavía sobraba mucho cuello para masajear.
-Nosotros 3 solos no podemos- dijo la vaca.
Entonces, el perro llamó a don conejo. Justo en ese momento, don conejo estaba jugado con su coneja y sus conejitos. Por eso apareció con toda su familia: su esposa y sus 25 conejitos. Y todos ellos se treparon saltando de la vaca al burrito y del burrito al perro. Ya todos acomodados...
Gritó la vaca. -¡Ahora sí que podemos empezar con los masajes! ¿Están listos?- les dijo.
-Si doctora.- Contestaron los 30 animalitos al mismo tiempo.
-¡A la una, a la dos y a la tres!
Y todos juntos empezaron a masajear el cuello de la jirafa Caledonia.
Y al rato la jirafa pudo mover su larguísimo cuello otra vez.
¡Gracias amigos! – les dijo muy contenta Caledonia.

Autora: Elsa Isabel Bonermann

¿Quién se sentó sobre mi dedo?

"La siesta zumbaba y el campo era todo de sol. Las langostas hacían tic, tic y las flores del aromo se balanceaban en el aire con un tonito de arrorró.
El conejo andaba por el campo con los ojos entornados, sintiendo que el sueño de la siesta se le enroscaba en la cabeza como si fuera una capucha.
Medio dormido, llegó hasta la sombra de un árbol que tenía un agujero en la base. 
- ¡Esto es para mí! -dijo mirando casi con la nariz para no abrir más los ojos-. Podré dormir una siestiiita."
Exploró un poco el agujero para ver donde terminaba y vio que subía, subía, subía a lo alto del árbol como una chimenea. Y por la otra punta, se veía el cielo.
Y como eso le gustó mucho, se tumbó para dormir ahí nomás, medio adentro, medio afuera, y se puso a soñar sueños de conejos, que son suaves, saltarines y, a veces de color zanahoria.
Y las chicharras hacían ronrón.
Y las abejas hacían ronrón.
Y el conejo hacía ronrón.
Y el campo entero ronroneaba como un gato al sol.
Desde cerquita nomás, llegó el compadre puma con los ojos entornados y la cola medio dormida. Cuando vio la fresca sombra del árbol bostezó y se desperezó muy contento diciendo:
-       Juuum, jeeeem, jeeeem, prrrr, prrrr.
Se rascó un poquito la panza y cayó dormido, con tanta puntería, que fue a tapar el hueco donde estaba el conejo.
Y las chicharras hacían ronrón.
Y las abejas hacían ronrón.
Pero el conejo, no. Porque eso de estar en el hueco de un árbol tapado por un puma, no le hacía gracia.
  Medio ahogado y con pelos de puma en el hocico, el conejo pensaba cómo salir de allí.
No se animaba a mover ni los ojos, ni la cola, ni a patita. Y ya estaba quieto pensando en cómo sería convertirse en un conejo quieto quieto para toda la vida, cuando ¡plup! salió la idea.
   Estiró el hocico y con la voz más gruesa que puede tener un conejo gritó, mirando hacia arriba por el hueco del árbol:
-       ¡Quién se sentó sobre mi dedoooo!
El grito salió por la parte de arriba del árbol, espantó a los pájaros, y rompió toda la siesta. El puma paró la oreja muy preocupado, creyendo quién sabe qué.
-       ¡quiéeeeeeeeen! – volvió a gritar el conejo.
Haciéndose el disimulado, el puma empezó a palpar debajo suyo hasta que encontró la panza del conejo, redondita y caliente y dijo:
-       ¡Pa-pasto seco…! ¡Si esto es un dedo, como será la mano!
Y haciéndose el que no pasaba nada, salió a los saltitos hasta que desapareció como un relámpago entre los pastos.
  El conejo tomó un poco de aire, hizo callar al tamborcito de su corazón y se volvió a tumbar en el hueco del árbol para soñar sueños de conejos, que son suaves, saltarines y, a veces, de color zanahoria.

Autora: Laura Devetach